Sobre amar.

 Porque el amor que no honra a la persona amada no es amor, sino una forma refinada de egoísmo. En la visión bíblica que Sproul defendía con firmeza, amar implica reconocer el valor que Dios ha conferido al otro como portador de Su imagen; por tanto, el respeto no es opcional, es una consecuencia inevitable de entender quién es Dios y quiénes somos nosotros delante de Él.

Para Sproul, el respeto nace del temor de Dios. Cuando Dios es reducido, el amor también se degrada; pero cuando Dios es visto en Su santidad, el amor se ordena correctamente. Así, el amor verdadero no invade, no manipula ni utiliza, sino que se somete voluntariamente a los límites que Dios ha establecido, porque entiende que cruzarlos es una falta no solo contra el prójimo, sino contra el Creador mismo.

En este sentido, amar es un acto moral antes que emocional. El respeto es la ropa visible de un amor invisible que ha sido disciplinado por la verdad. Donde no hay respeto —en palabras, en intenciones o en acciones— no hay amor bíblico, solo deseo disfrazado de afecto. El amor que honra es el único que puede llamarse verdadero, porque refleja el carácter santo del Dios que es amor.


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