El niño de los dulces.
Había una vez en el monte del norte, una familia campesina que vivía en una casa hecha con paredes de tabla y techo de paja.
A la madre se la conocía por sus ojos grandes y brillosos con la piel canela, y al padre por sus ojos color miel y tez blanca.
Todos los días, activamente se organizaban con sus hijos en las tareas del hogar, hasta para llevar los alimentos a la mesa ya que eran muy numerosos.
Mientras los más pequeños jugaban, los más grandes se dedicaban a los oficios del hogar como ordenar la casa, fabricar dulces, un poco de agricultura y en la fabricación de muebles porque su padre era carpintero y su madre una buena culinaria.
En la temporada de los cañaverales, los dos hijos mayores junto a su padre iban a los lugares boscosos a cortar los tallos de la caña de azúcar y atando en sogas lo arrastraban hasta el quincho.
Ahí extraían el jugo de la caña de azúcar con el molidor manual. Su madre se encargaba de hervir por unas horas en una gran fuente, hasta quedar bién espeso. Lo dejaban en bandejas reposando hasta volverse sólido y lo cortaba en forma de ladrillo.
El dulce era con un gusto a caramelo qué se envolvía en cáscaras de maíz o de banana.
Los pueblerinos lo llamaban rapadura porque lo rallaban para disolver en diferentes bebidas como un edulzante, o simplemente lo consumían como un postre en las siestas.
Cuando estaba todo listo el hijo mayor era el responsable de vender esos dulces. Se levantaba bién temprano. Con mucho entusiasmo, aseguraba una caja en la parte de atras de su bicicleta, alzaba bién ordenaditos los dulces envueltos y con la bendición de su madre salía por el sendero pedaleando hacia la ciudad.
El camino era tan largo que hacía paradas en el trayecto, bajando de su bici se dirigía hacía los arroyitos cerca del sendero donde escuchaba el agua que hacía melodías entre las rocas. Descansaba un rato y bebía de esas aguas cristalinas. Mojándose el rostro volvía a su bicicleta y emprendía de nuevo el viaje, con el sol fulgoroso en el cielo y el polvo entre los pies; llegaba a la ciudad Paso de la esperanza, y ofrecía allí en cada casa sus dulces.
Todas las personas de la comunidad ya lo conocían y lo llamaban el niño de los dulces.
Era tan amable que para el mediodía ya terminaba sus ventas. Entonces con las monedas en una bolsa de tela, emprendía de nuevo el regreso a casa.
Su mayor felicidad era ver a su madre, esperandole en la tranquera, con el atadecer resplandeciente en el horizonte.
Llegaba y con una gran sonrisa abrazaba a su madre, entregándole sus ganancias.
Así el niño de los dulces fue creciendo hasta ser un joven adolescente que ayudaba a sus padres.
Un día de abril, ese jovencito de quince años fue a la ciudad como siempre; pero esta vez llevó un carrito con ruedas atado con una cuerda a su bicicleta, pues llevaba sillas, y mesitas de madera para vender.
Había recorrido hasta tarde por las calles de la ciudad y decidió reposar en una tienda donde le ofrecieron un lugar para pasar la noche.
Al amanecer regreso a casa, y llegando despues de unas horas, no diviso en el horizonte a su madre, no estaba en la tranquera.
Ingresó en la cocina y estaba todo en silencio, no se encontraba nadie. Entonces todo le pareció bastante raro. Se sentó, pensó un rato y despues fue a la casa de sus abuelos que estaba a unos cién metros.
Ahí su abuela le informó que su madre fue de urgencias al centro de salud de la ciudad lejana. Pero en esa tarde llegó la peor noticia. Su madre no volvería. Sus ojos fueron apagándose en la camilla fría de un lugar donde no encontraron donantes de sangre.
Con dolor en el pecho, abrazó a sus hermanitos esa noche; y amaneció con un nudo en la garganta imposible de explicar.
Pasaron los meses. Su padre sumergido en la tristeza fue a trabajar a una estancia en la lejanía y el niño se convirtió en un joven vendedor admirado en su comunidad.
Uno de esos días que recorría la ciudad vendiendo, le ofrecieron trabajo en una fábrica de algodón. Aceptó con alegría esa oportunidad. Fue a la casa de la abuela y con su bendición; se despidió de sus hermanos con la promesa de traerles muchos regalos. Así el joven vendedor se convirtió en un excelente trabajador que proveía a su familia.
Fue aprendiendo varios oficios pero lo que le apasionaba era vender en las ciudades.
Viajó al suroeste y ahí con sus ahorros compró un camioncito blanco para trasladarse con facilidad, vendiendo de ciudad en ciudad, hasta por las llanuras del campo.
Y así el niño de los dulces que pedaleaba en una bicicleta en los senderos entre los bosques se convirtió en el mejor vendedor del norte; pensando siempre que más alla del horizonte aún podía ver la sonrisa de su madre y sentir su abrazo entre los vientos.


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