Fuegos.

Fuego extraño en el altar

Texto: Levítico 10:1-2  

Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová.

Introducción.  

Hay fuegos que calientan el alma y fuegos que consumen la vida. En el altar de Dios solo hay espacio para uno. Cuando Nadab y Abiú decidieron ofrecer algo que Dios no pidió, el resultado fue juicio inmediato. No era solo un error de protocolo. Era un corazón que cambió reverencia por atrevimiento, obediencia por creatividad, y presencia por espectáculo. Hoy el altar sigue siendo santo, pero el fuego extraño sigue tocando la puerta. No siempre entra con olor a azufre. A veces entra con aplausos, con luces, con ambición disfrazada de ministerio. Y cuando eso pasa, el púlpito deja de ser lugar de quebranto y se vuelve tarima. Como dijo Jesús:  Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí . Mateo 15:8. El problema nunca fue el fuego. El problema es la fuente.

I. El fuego extraño nace cuando el corazón se desconecta de Dios.

Nadab y Abiú conocían el altar. Habían visto la gloria. Eran hijos de Aarón, sacerdotes ungidos. Pero la cercanía no garantiza obediencia. Puedes estar en el altar y estar lejos del cielo. El fuego extraño empieza cuando ministramos de memoria y no de intimidad. Cuando oramos más por impacto que por presencia. Dios dejó claro su estándar: Y seré santificado en los que a mí se acercan, y delante de todo el pueblo seré glorificado. Levítico 10:3. 

Él no busca profesionales del altar. Busca hijos quebrantados. El altar no es para brillar. Es para morir. Y todo lo que no muere ahí, se vuelve fuego extraño.

II. El fuego extraño busca la gloria del hombre, no la gloria de Dios.

Hay una línea muy delgada entre usar dones para Dios y usar a Dios para los dones. El fuego extraño aparece cuando el ministerio se trata de nosotros. De nuestros seguidores, de nuestra marca, de nuestro nombre en la marquesina. El Espíritu Santo no comparte gloria. Él no unge egos. Pablo lo entendió:  Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús 2 Corintios 4:5. 

Cuando la ambición se sienta en el altar, el cielo se levanta y se va. Una iglesia puede estar llena y estar vacía. Puede haber gritos y no haber presencia. El termómetro no es la emoción. Es la santidad, porque  sin santidad nadie verá al Señor .Hebreos 12:14.

III. El fuego extraño convierte el altar en entretenimiento.

El altar fue diseñado para sacrificio, no para show. Para lágrimas, no para likes. Cuando cambiamos el quebranto por el performance, estamos ofreciendo fuego extraño. No está mal la excelencia. Pero cuando el centro es hacer sentir bien a la gente y no hacer que la gente se encuentre con Dios, perdimos el rumbo. Dios confrontó a Israel por lo mismo: Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas. Quita de mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos . Amós 5:21,23. Si la gente sale de la reunión hablando de tu carisma y no de su propio pecado, hubo fuego extraño. Si salen emocionados pero no transformados, hubo fuego extraño.

IV. El único fuego autorizado es el del Espíritu Santo.

El fuego de Dios no se fabrica. Se recibe. Desciende sobre altares limpios, corazones rendidos, vidas que tiemblan ante su Palabra. Juan el Bautista lo anunció:  Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego Mateo 3:11. Ese fuego no busca impresionar. Busca purificar. Quema el orgullo, calcina la mentira, derriba ídolos. Cuando Él llega no hay show que compita. Las rodillas caen solas porque ¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra? Jeremías 23:29.

Ese es el fuego que partió la historia en Pentecostés. Es el mismo que necesitamos hoy. No uno parecido. No uno moderno. El mismo.

V. Volver al altar es volver al fuego verdadero  

La solución no es apagar todo fuego. Es volver a la fuente. Apagar el extraño y pedirle al cielo que mande el santo. Eso empieza con arrepentimiento. Con reconocer que cambiamos presencia por programa. El altar sigue ahí. Dios no se ha mudado. Pero Él no negocia su santidad. La promesa sigue vigente: Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra .2 Crónicas 7:14. Si queremos su fuego, tenemos que rendir el nuestro. Preferimos un culto sencillo con Tu presencia que un estadio lleno sin Ti.

Conclusión.

Iglesia, el tiempo de jugar al altar se acabó. Dios está limpiando su casa. Está separando el fuego extraño del fuego santo. Y cada uno decide qué ofrece. El altar empieza en tu corazón. Hoy el cielo pregunta: ¿Qué fuego hay en tu altar? ¿El que tú prendiste para que te vean, o el que Él mandó para que lo vean a Él? Más vale un carbón encendido por Dios que mil luces prendidas por hombres. Vuelve al altar. Vuelve al quebranto. Vuelve al secreto. Ahí es donde desciende el fuego que sí cambia vidas, porque nuestro Dios es fuego consumidor. Hebreos 12:29


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